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Sabi levanta 50 millones de dólares para una gorra que lee señales cerebrales y las convierte en texto o en órdenes para la IA

La startup Sabi anunció el 9 de octubre de 2026 una ronda semilla de 50 millones de dólares liderada por Khosla Ventures para desarrollar una gorra con sensores no invasivos que, según la empresa, traducirá el habla imaginada en texto; el producto aún no existe comercialmente y su primera demostración está prevista para el CES 2027.

Sabi levanta 50 millones de dólares para una gorra que lee señales cerebrales y las convierte en texto o en órdenes para la IA

Sabi, una startup que desarrolla una interfaz entre el cerebro y la inteligencia artificial integrada en una gorra de béisbol, anunció el 9 de octubre de 2026 que ha cerrado una ronda de financiación semilla de 50 millones de dólares. La operación está liderada por Khosla Ventures, el fondo del inversor Vinod Khosla, y cuenta con la participación de Accel, Initialized Capital, DST Global, Collaborative Fund, Ascend y Kevin Weil, antiguo director de producto de OpenAI.

Según la revista Forbes, que citó a una persona familiarizada con la operación, la ronda valora a la compañía en 600 millones de dólares. Sabi no ha confirmado esa cifra en su anuncio oficial. Para tratarse de una ronda semilla, la primera financiación institucional de una empresa, el importe es extraordinariamente alto y refleja el apetito de los inversores por los dispositivos que prometen nuevas formas de interactuar con los asistentes de inteligencia artificial.

La propuesta de Sabi es ambiciosa. La empresa describe su primer producto como una gorra con sensores capaces de leer señales neuronales a través del pelo, sin gel, sin cirugía y sin contacto directo con el cuero cabelludo. Su objetivo es convertir el habla imaginada, es decir, las palabras que una persona piensa sin pronunciarlas, en texto que aparece en una pantalla conectada, y transformar una orden mental entrenada en una instrucción para un asistente de inteligencia artificial.

Forbes describe un prototipo forrado con hasta 100.000 sensores, cada uno de ellos un chip de entre uno y cinco milímetros. Las señales se interpretan con un modelo entrenado con unas 100.000 horas de datos neuronales etiquetados. Sabi habla en su anuncio de «más de 100.000 horas» de grabaciones no invasivas etiquetadas y asegura que se trata del mayor conjunto de datos de este tipo que se ha hecho público, una comparación que corresponde a la propia empresa.

La cifra más llamativa es la de precisión, y conviene leerla con cautela. Según Forbes, el consejero delegado, Rahul Chhabra, afirma que un prototipo temprano, con cables y en forma de casco, puede transcribir los pensamientos de las personas con hasta un 77 % de precisión en un laboratorio, en usuarios que lo han utilizado durante más de dos semanas. Se trata de una afirmación de la compañía sobre un dispositivo anterior al producto final, y no se han publicado datos que permitan verificarla de forma independiente.

La empresa explica que destinará el dinero a ampliar su conjunto de datos, desarrollar un chip propio, fabricar los primeros dispositivos y contratar personal. Sabi planea mostrar versiones tempranas de estas interacciones en la feria CES de Las Vegas, en enero de 2027, y está preparando unidades para los miembros de su lista de espera de acceso anticipado. Forbes indica que la gorra no estará disponible hasta el año que viene, sin una fecha de lanzamiento concreta.

La privacidad es un asunto central en un producto que trabaja con señales del cerebro. Sabi asegura que los datos neuronales se cifran desde el propio sensor y que su sistema está diseñado para procesarlos sin descifrarlos. Chhabra ha insistido en que solo el usuario tendrá acceso a sus datos. Por ahora son compromisos de diseño que habrá que comprobar cuando el producto llegue al mercado y pueda ser examinado por expertos independientes.

La comunidad científica muestra escepticismo. Forbes califica el concepto de «incipiente y en gran medida no probado» y cita a Nicholas Hatsopoulos, profesor de neurología de la Universidad de Chicago, quien recuerda que las señales que atraviesan el cráneo y el cuero cabelludo llegan con menor calidad y que obtener resultados fiables de esa forma le parece todavía muy lejano. El propio Vinod Khosla reconoce que las primeras versiones «no serán perfectas».

El escepticismo tiene base. Las interfaces cerebro-computadora que han logrado los avances más llamativos en la decodificación del habla suelen ser invasivas: requieren implantar electrodos en el cerebro mediante cirugía, lo que permite captar señales mucho más limpias. Las técnicas no invasivas, como la electroencefalografía, son más seguras y cómodas, pero registran una actividad más débil y ruidosa. La apuesta de Sabi consiste en compensar esa limitación con muchos sensores y con modelos de inteligencia artificial entrenados con enormes volúmenes de datos.

El momento no es casual. La industria tecnológica busca el próximo gran dispositivo para la era de los asistentes de inteligencia artificial, y han surgido gafas inteligentes, colgantes y otros aparatos que permanecen siempre conectados. La idea de controlar un asistente sin hablar en voz alta ni teclear resulta muy atractiva, por ejemplo, en espacios públicos o para personas con dificultades del habla, aunque Sabi presenta su producto como una interfaz de consumo y no como un dispositivo médico.

La presencia de Kevin Weil entre los inversores también ha llamado la atención, por su experiencia en el desarrollo de productos de inteligencia artificial de consumo. Y el liderazgo de Khosla Ventures encaja con la trayectoria de un fondo que apuesta a menudo por proyectos tecnológicos de alto riesgo y largo plazo. Aun así, la historia de los dispositivos de consumo está llena de ideas atractivas que no superaron el paso del laboratorio a la vida cotidiana.

Hay varias cosas que esta ronda no demuestra. No prueba que la gorra funcione como se describe, porque las afirmaciones de capacidad y precisión proceden de la empresa y de un prototipo de laboratorio. Tampoco confirma la valoración, que procede de una fuente anónima citada por Forbes, ni garantiza que haya un producto a la venta en una fecha concreta: la cita del CES 2027 es una demostración prevista, no un lanzamiento.

Lo que sí confirma es que los inversores están dispuestos a financiar con generosidad las interfaces que podrían cambiar la forma de hablar con las máquinas. Si Sabi consigue acercarse en condiciones reales a lo que promete, el teclado y la voz dejarían de ser las únicas vías para dar órdenes a un asistente. Si no lo logra, será otro ejemplo de lo difícil que es leer la mente desde fuera del cráneo. La demostración de enero será la primera prueba pública.