La Comisión Europea adoptó el 17 de septiembre de 2026 la propuesta del EU Kids Act, un paquete pensado para que navegar online deje de ser un territorio sin cinturón de seguridad para niños y adolescentes. La iniciativa, presentada con el respaldo de la presidenta Ursula von der Leyen y de la vicepresidenta ejecutiva Henna Virkkunen, coloca a los chatbots y companions de IA en el mismo perímetro de obligación que redes sociales, plataformas de vídeo y juegos online.
El núcleo demográfico es una rampa de acceso: prohibición de que las redes lleguen a menores de 13 años y una edad mínima europea de 15 años para abrir cuentas autónomas. Entre medias, el diseño debe ser seguro por defecto: sin scroll infinito sin pausas, sin trucos de recompensa, sin notificaciones push en horas de sueño y sin contacto no solicitado de desconocidos. Los perfiles de menores serían privados por defecto.
Para la industria de IA, el apartado de companions es el que más cambia el tablero. Los sistemas accesibles a menores no podrán usar diseños que simulen relaciones humanas de un modo susceptible de crear dependencia emocional. Por defecto, no podrán arrastrar conversaciones previas del menor a chats posteriores. Deberán probar riesgos antes del lanzamiento y monitorizar daños después. Los menores de 13 solo podrían usarlos mediante controles parentales.
Si el chatbot está embebido en una plataforma o un juego, no podrá activarse automáticamente ni promocionarse de forma insistente hacia niños, y deberá ser fácil de desactivar. Esa regla ataca un patrón comercial creciente: companions que aparecen como «amigo» por defecto en apps educativas o de entretenimiento, difuminando el consentimiento.
Virkkunen resumió la filosofía al invertir la carga de la prueba: las plataformas —sobre todo las muy grandes— deberán demostrar que sus servicios no dañan, en lugar de esperar a que los reguladores demuestren el perjuicio caso por caso. Para VLOPs, eso implica planes de cumplimiento previos, auditorías independientes a su costa y un régimen de enforcement acelerado que aspira a cerrar investigaciones en unos 90 días.
La arquitectura institucional se apoya en estructuras ya existentes del Digital Services Act y del AI Act. La Comisión supervisaría directamente las plataformas y chatbots más usados en la Unión; los coordinadores de servicios digitales y las autoridades nacionales de vigilancia del mercado cubrirían el resto. Es un intento de no inventar una agencia nueva mientras se endurece la sustancia.
Las sanciones potenciales se alinean con la lógica de grandes reglamentos digitales europeos: multas que pueden alcanzar porcentajes significativos de la facturación mundial —en el debate público se ha citado la referencia del 6% de ingresos en regímenes hermanos—, además de órdenes de retirada de funciones. El texto final aún debe negociarse con Parlamento y Consejo, así que las cifras exactas pueden moverse.
Empresas de companions argumentan que la norma podría frenar usos educativos legítimos si se interpreta de forma maximalista. Defensores de la infancia responden que precisamente la retórica educativa ha servido para normalizar vínculos parasociales con sistemas que no tienen deber de cuidado parental. El Kids Act intenta cortar ese equívoco con reglas de producto, no solo con códigos éticos voluntarios.
Para startups de IA conversacional, el cumplimiento dejará de ser un PDF de principios: habrá que demostrar pruebas pre-lanzamiento, telemetría de daño, defaults seguros y flujos parentales. Quienes vendan en Europa sin esos controles se arriesgan a bloqueos de mercado más rápidos que bajo el DSA clásico, gracias a los procedimientos express.
También afecta a sistemas operativos y tiendas de aplicaciones, incluidos en el perímetro del Act. Controlar la distribución es tan importante como controlar el modelo: si una app de companion no puede listarse sin demostrar cumplimiento, la presión sube en la cadena completa, no solo en el laboratorio que entrena el modelo.
El calendario político es deliberadamente ambicioso. Von der Leyen enmarcó la protección infantil online como prioridad de mandato; el panel de expertos que preparó el enfoque europeo da cobertura técnica al relato. Ahora empieza la negociación interinstitucional, donde lobbies de plataformas y coaliciones de padres medirán fuerzas.
Fuera de la UE, el Kids Act se leerá como plantilla exportable. Reguladores de América Latina y Asia que ya miran al DSA y al AI Act tendrán un tercer pilar —menores y companions— listo para copiar. Las multinacionales preferirán un estándar global interno alineado con Bruselas antes que fragmentar producto por país.
Queda una tensión sin resolver: cómo verificar edad sin crear una infraestructura de identificación que erosione privacidad. El Act habla de controles parentales y de umbrales de edad, pero la tecnología de age assurance sigue siendo controvertida. El éxito regulatorio dependerá de no sacrificar un derecho (privacidad) para salvar otro (integridad infantil).
Neural Pulse interpreta el Kids Act como el momento en que Europa deja de tratar a los chatbots como «software genérico» y los reconoce como interfaces sociales de alto impacto emocional. Para editores y product managers, la pregunta ya no es si habrá reglas para companions, sino cuánto del diseño actual sobrevive a una auditoría de dependencia emocional.