Horas después de presentar el pacto voluntario con ejecutivos de OpenAI, Google, Meta, Anthropic, Nvidia y xAI, el presidente Donald Trump confirmó que el Ejecutivo federal renombrará de facto la tecnología. Según Euronews (30 de septiembre de 2026), firmó una orden ejecutiva que indica al Gobierno usar «super intelligence» y la sigla «SI» siempre que sea posible.
La orden, citada por Euronews, sostiene que «Super Intelligence» captura mejor «la promesa, el potencial y las capacidades en rápido avance» de estas tecnologías. En la comparecencia previa, Trump había razonado ante la prensa que la palabra «artificial» suena mal y que «super is the best word of all», según The Verge.
El cambio no altera por sí solo estatutos del Congreso ni el mandato de agencias como la FTC o el Departamento de Justicia. Sí fuerza un vocabulario oficial en comunicados, RFI, contratos y materiales de la Administración, y empuja a medios y contratistas a decidir si adoptan la nueva etiqueta o mantienen «IA».
El timing es deliberado: el almuerzo de la Casa Blanca reunió a 31 invitados, entre ellos Zuckerberg, Musk, Bezos, Nadella y Pichai. El mensaje político une tres piezas: autorregulación «moralmente vinculante», liderazgo frente a China y un rebranding lingüístico que presenta la tecnología como potencia deseable, no como artefacto artificial sospechoso.
Críticos del enfoque ven un riesgo de confusión con el término técnico «superinteligencia artificial» (ASI) que usan investigadores de riesgos existenciales y proyectos de ley como el Ban Artificial Superintelligence Act de Bernie Sanders y Greg Casar. Mezclar marketing presidencial con un concepto de capacidad sobrehumana puede diluir alertas científicas.
La FTC, según The New York Post el 30 de septiembre, ya habla internamente de «SI race» al describir su investigación a laboratorios frontier. El lenguaje oficial puede filtrarse a CIDs, testimonios y notas de prensa, alineando la vigilancia del consumidor con la narrativa de carrera geopolítica.
Para laboratorios y bufetes, el impacto práctico es documental: actualizar glosarios de compliance, revisar si contratos con el Gobierno deben reflejar «SI», y aclarar en prospectos (como el de Anthropic) que «superintelligence» del Ejecutivo no equivale automáticamente a umbrales de ASI definidos en literatura de seguridad.
Internacionalmente, Bruselas y Londres siguen hablando de «artificial intelligence» en el AI Act y en marcos del Reino Unido. La divergencia semántica EE.UU.–UE complica tratados, anexos técnicos y traducciones oficiales: el mismo sistema puede llamarse GPAI en Europa y SI en memorandos de Washington.
El rebranding también interactúa con la encuesta NPR/PBS/Marist citada por Euronews: el 65% de votantes registrados se opone a centros de datos en su comunidad. Presentar la tecnología como «super» no resuelve facturas eléctricas ni oposición local, pero sí intenta cambiar el marco emocional del debate de midterms.
Empresas de marketing y medios tecnológicos ya enfrentan la decisión editorial: ¿adoptar SI en titulares estadounidenses y mantener IA en latam/Europa? Neural Pulse seguirá usando «inteligencia artificial» en español e inglés como término descriptivo estándar, y citará «superinteligencia» cuando se refiera a la orden o a umbrales de capacidad sobrehumana.
En síntesis, la orden del 29 de septiembre es barata de firmar y cara de ignorar en trámites federales. No crea auditorías ni límites de entrenamiento; redefine el lenguaje con el que la Administración quiere que el público y la burocracia piensen la carrera tecnológica.
El cierre político es claro: Trump ofrece a los CEOs un pacto sin sanciones y, al mismo tiempo, un eslogan de Estado. Quienes pidan leyes con dientes —Khanna, Sanders, o el AI Office europeo— deberán pelear no solo por normas, sino por el diccionario con el que se cuenta la historia.